María Moliner

«Exilio. (Latín «exsílium», de «exsilire», de «salire»; V. «SALIR».) *Destierro, en especial, el impuesto a la persona de que se trata por las circunstancias de su país y, más particularmente, por las persecuciones políticas».

Así define la bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900 – Madrid, 1981) en su extraordinario Diccionario de uso del español la etapa vital de exilio —interior— iniciada el 29 de marzo de 1939, cuando las tropas franquistas ocuparon València. Durante los 16 años que vivió en el número 22 de la Gran Vía Marqués del Turia con su familia, María Moliner presenció el advenimiento de la Segunda República, un proyecto histórico que se abría a las ideas de renovación pedagógica, puso en marcha la escuela Cossío de València y, en 1935, dirigía 105 bibliotecas rurales valencianas.

La victoria del bando franquista en la Guerra Civil supuso para Moliner y para su marido la depuración y el fin del ideal republicano de progreso y cultura. «En la etapa valenciana el diccionario está durmiente, hay dos posibilidades: que el exilio interior fuera el momento de llevarlo a cabo, pero no está claro si fue el único motor, o que ella tenía en la cabeza esa idea y fraguó», explica a elDiario.es la periodista Inmaculada de la Fuente, autora de El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, 2018). La creadora del Diccionario de uso del español por fin cuenta con un monolito, instalado esta semana por el Ayuntamiento y la Universitat de València, en la ciudad en la que residió durante la República, la Guerra Civil y la posguerra.

Moliner y su marido, el catedrático de Física Fernando Ramón y Ferrando, se asentaron en València en 1930. Allí obtuvo una vacante en el archivo de la delegación provincial de Hacienda mientras que su marido se incorporó a la cátedra de Física de la Universitat de València. En la capital del Turia, el matrimonio intima con otras parejas con inquietudes pedagógicas y regeneracionistas comprometidas con la Institución Libre de Enseñanza. El curso 1930-1931 arranca en València con una nueva institución educativa, la Escuela Cossío creada por el matrimonio y sus amigos, en la que Moliner dará una clase semanal de Gramática y un cursillo de Literatura.

La figura clave del grupo de amigos fue el ingeniero y profesor de la Escuela de Artesanos José Navarro Alcácer, quien evoca la Escuela Cossío como un compendio de «amor a la ciencia y a la libertad, aprendizaje racional, con textos y trabajos que los propios alumnos construían, observación directa de la naturaleza, excursiones periódicas…». Los impulsores de la Escuela Cossío «tenían ideas regeneracionistas, aunque tuvieran ideologías distintas; fundamentalmente eran liberales», dice la biógrafa de Moliner.

La República lleva aparejado también el impulso de la cultura en todos los rincones de España. Moliner, comprometida con el fomento de la lectura, fue una de las encargadas en València de llevar a cabo la mítica idea de Francisco Giner de los Ríos: mandar los mejores maestros a las peores escuelas. La filóloga y sus amigos pronto crean la delegación valenciana de Misiones Pedagógicas, de la que Moliner es nombrada vicepresidenta. «Las misiones pedagógicas son muy importantes, es una nueva dimensión personal y profesional para ella, llega un momento en que une su vocación de bibliotecaria con la labor de difundir la cultura en las misiones», defiende De la Fuente. La biógrafa, escritora y periodista de larga trayectoria en El País, apunta en su obra: «Nunca sabremos hasta dónde habría llegado su dedicación de no haber estado casada, con tres hijos pequeños y uno en camino, Pedro, que nacería en 1933».

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Maria Teresa León

El 16 de noviembre de 1936, los aviones alemanes dejaron caer nueve bombas sobre el techo del Museo del Prado de Madrid y tres en sus jardines. Las obras corrían un evidente peligro y el Gobierno de la República ordenó evacuar el edificio. María Teresa León, secretaria y una de las fundadoras de la Alianza de Escritores Antifascistas, recibió la instrucción firmada por Francisco Largo Caballero de proteger y desplazar a Valencia los cuadros.

Las balas y los obuses daban miedo, pero más daba el fallar en aquella misión. María Teresa, acompañada por su segundo marido, Rafael Alberti, José Bergamín y Serrano Plaja, ya habían llevado a cabo la misma operación con las pinturas relevantes del palacio de El Escorial. Ahora había llegado el turno de Las Meninas y El bobo de Coria de Velázquez o el Carlos V de Tiziano.

Uno de los grandes sustos de su vida se lo dio el Coria de Velázquez, cuando desapareció ante sus ojos cubierto de una capa de moho. La explicación técnica era que los cuadros se enfrían al cambiar de temperatura y los hongos pueden cubrir la superficie, algo fácil de arreglar. «Bastará una limpieza. Jamás he respirado tan profundamente», asegura la escritora.

Esa anécdota –o más bien hito histórico– es una de las muchas que León recoge en su libro Memoria de la melancolía, escrito a finales de los años 60 y que ahora recupera la editorial Renacimiento con prólogo de Benjamín Prado. Es el segundo de la autora que reedita la empresa sevillana, que tiene el objetivo de crear una colección dedicada a la escritora. El año pasado salió al mercado el primer libro, El viaje a Rusia de 1934.

María Teresa León nació en Logroño en el año 1903, hija de un coronel llamado Ángel León y Oliva Goyri. Desde su infancia estuvo rodeada de intelectuales: Jimena, la prima mayor a la que admiraba tanto porque andaba sola por Madrid e iba a un colegio sin monjas, era la hija de María Goyri, la primera mujer que se doctoró en la facultad de Filosofía y Letras en la universidad española, y Ramón Menéndez Pidal.

También se acostumbró a vivir en diferentes ciudades desde bien joven, aunque por entonces no sabía que el desarraigo iba a ser su carga principal en la edad adulta. Por motivo de la profesión de su padre, además de en la capital, residieron en Barcelona y en Burgos. Poco antes de instalarse en esa provincia de Castilla y León, la escritora había sido expulsada del Colegio del Sagrado Corazón en Leganitos: «porque se empeñaba en hacer el bachillerato, porque lloraba a destiempo, porque leía libros prohibidos…».

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imagen de la inauguración de la placa

Una placa para reivindicar la memoria puede sonar a algo sencillo. Pero si de lo que hablamos es de una placa que nombra a víctimas de la represión franquista, no siempre resulta fácil. Aún hay lugares en España donde se niega la existencia de la persecución que sufrieron aquellos que no defendieron el golpe de Estado del 36, que intentaron salvaguardar la democracia y que en muchos casos fueron asesinados solo por sus ideas.

A pesar de que Naciones Unidas ha solicitado a España en numerosas ocasiones que cumpla con sus obligaciones en materia de derechos humanos con las víctimas de los crímenes franquistas, todavía hoy hay instituciones que miran hacia otro lado, proceden con demasiado lentitud o incluso siguen facilitando la ocultación y el silencio. Como indica la ONU, la verdad, la justicia y la reparación son derechos indiscutibles, pilares fundamentales para que un país pueda extraer de las cunetas de su subconsciente la impunidad.

Por eso las asociaciones de memoria histórica, las organizaciones de derechos humanos y las familias de las víctimas del franquismo, celebran cada paso en positivo. Esta semana ha sido Astorga (León) el escenario para la reivindicación de una memoria que estuvo demasiado tiempo oculta. Con el impulso del Ateneo Republicano y el apoyo del propio Ayuntamiento, la ciudad maragata ha querido rendir homenaje a las personas represaliadas por el franquismo en esa localidad -o procedentes de la misma- con la colocación en su cementerio de una gran placa con los nombres de treinta y nueve hombres y una mujer, Balbina de Paz García, conocida como la chata de San Andrés, que «cuando no cosía, leía; aprendió a ser libre y no quiso dejar de serlo», recuerda el militar retirado Miguel García Bañales, recopilador de multitud de datos e investigador clave de la represión franquista en la zona.

«Al fin se les puede nombrar»

«Al fin se les puede nombrar. Nombrar. El primer oficio del ser humano es poner nombre a las cosas», subraya Sol Gómez Arteaga, nieta de José Gómez Chamorro, uno de los nombres ahora reivindicado, asesinado en octubre de 1936 en las tapias del cementerio astorgano. Detrás de esos cuarenta nombres tallados en la placa se esconden historias a través de las cuales se puede entender mejor la historia de España.

Nombres como el de Gerardo Fernández Moreno, «el maestro con mayúsculas: cuando cerraron el comedor infantil para gente que no tenía para comer, se le acercaron los niños, se abrazaron a él y Gerardo lloró con ellos», relata Bañales. O el de Toribio Martínez Cabrera, general: «Cuando Cabrera se encargó de la organización del ejército, se ganaron las dos únicas batallas que ganó el ejército republicano: la del Jarama y Guadalajara».

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Imagen del documental Las Maestras de la República

Si algo conmueve cuando nos acercamos a las memorias y testimonios de los exiliados es la irrupción de acontecimientos con una capacidad destructora de lo previo absoluta, y también la sorpresa e incredulidad que les produjo haberse visto abocados a una ruptura y arrojados al más incierto de los futuros. No son además procesos inmediatos. La construcción y la propia percepción del exilio requieren tiempo para ir llenando, de nuevo, la vida con experiencias desancladas del propio pasado, de la propia memoria. Experiencias que debían ser de otro, que hablan otras lenguas, que tienen otras costumbres y que a veces hasta chirrían con las propias. Y esa distancia entre el pasado y el presente suele generar añoranza, dolor y hasta resistencia, porque el exilio, el destierro, significa siempre la expulsión violenta y dramática del destino pensado y deseado.

Quizás porque mientras concluía la escritura de este libro estaba, en esta primavera del 2020, como todos los habitantes del planeta, sumida en una situación dramática e insólita, en un acontecimiento que como tal señalará siempre un antes y un después, en una pandemia inesperada y radical que ha zarandeado y a la vez paralizado el transcurrir cotidiano de personas y naciones; estos textos, estas reflexiones, estos sentimientos de los exiliados republicanos españoles, sobre los que se ha construido este libro, adquieren un significado claro. De alguna manera, el horror compartido estos meses con familiares, vecinos, amigos y, en realidad, con todos, me ha permitido vislumbrar la magnitud del drama que vivieron y la grandeza, en muchos casos, de sus protagonistas, los exiliados republicanos españoles.

Porque sus vidas no fueron atravesadas por un solo acontecimiento. Esta generación que nació a finales del siglo XIX o principios del XX, que es en donde se sitúan en el tiempo este grupo de mujeres modernas y transgresoras que lucharon y supieron apropiarse de su destino, al que pertenecen las maestras republicanas, vivieron una sucesión de rupturas dramáticas: el estallido de la Gran Guerra, la pandemia de gripe de 1918, la crisis del 29, el ascenso de los totalitarismos, la guerra civil española. Y una vez arrojadas al exilio, la irrupción de Hitler en sus lugares de acogida, la Segunda Guerra Mundial y el estalinismo y sus violencias. En algunos casos además, para aquellos que eligieron como lugar de exilio el Norte de África o algunas naciones americanas, vivieron, de nuevo, el caos de la violencia desatada en procesos de independencia y otras guerras civiles o en imposiciones dictatoriales que les obligaron, otra vez, a iniciar el duro camino del exilio.

“Toda sombra es al fin y al cabo hija de la luz, y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo este ha vivido la verdad”. Estas palabras, con las que Stefan Zweig cerraba El mundo de ayer. Memorias de un europeo, escrito durante su propio exilio, reflejan bien la riqueza y la complejidad de las vidas exiliadas.

La “luz” para todas las maestras republicanas abocadas al exilio fueron los años, para ellas plenos, de la Segunda República española. Fueron momentos en donde estas mujeres vivieron un proceso valiente, por lo que suponía de rompedor con lo previo, de apropiación de su propio destino. Luchadoras e independientes, las maestras republicanas, de las que tanto hablaremos en este libro, fueron aquellas mujeres que se comprometieron y movilizaron con las reformas republicanas que posibilitaban la obtención de derechos civiles y políticos. Pero además, al saber que para hacerlos efectivos no bastaba con legislar sino que se precisaba de otras reformas profundas, sobre todo educativas, su movilización fue todavía mayor. Tenían la certeza, pues, de que acceder con plenitud a esos derechos civiles que posibilitaban el ejercicio, por primera vez en la historia de España, de la libertad individual de las mujeres, y también el del conjunto de la ciudadanía política con autonomía e independencia, implicaba cambios culturales y sociales radicales. Las leyes, como el aprendizaje, requieren de la madurez que posibilita su comprensión. Y ellas como pedagogas y maestras lo sabían bien.

El libro está disponible en Los libros de la Catarata.

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Imagen de la Escuela Normal de Granada

El proyecto educativo de la II República conjugaba la renovación pedagógica procedente tanto del ideario liberal de la Institución Libre de Enseñanza como del programa educativo que propugnaba la escuela única del partido socialista, y configuró un modelo de educación caracterizado por ser público, laico, obligatorio y gratuito en la enseñanza primaria, en el que se facilitaba el acceso a las personas económicamente necesitadas a la enseñanza secundaria y a la universitaria, y en el que se instituía la coeducación en los tres grados de la enseñanza.

La coeducación y el carácter activo y creador eran concebidos como principios pedagógicos fundamentales.

A finales del verano de 1931 el Consejo de Instrucción Pública encargó a Lorenzo Luzuriaga, director de la Revista de Pedagogía, el impulso técnico para la aprobación de medidas y órdenes que desarrollaron a política pública en materia educativa. La Constitución ampararía los principios y valores del modelo de escuela republicana, en sus artículos 1º, 3º, 48, 49 y 50º.

En consecuencia, de diciembre del 1931 a noviembre del 1933, se realizó una gran inversión en construcción de escuelas mediante la emisión de obligaciones por valor de 400 millones de la época. En marzo de 1932, Fernando de los Ríos, en calidad de Ministro de Instrucción Pública comparó en sesión parlamentaria el progreso en construcciones escolares durante la Monarquía y bajo la República: … De 1909 a 1931 en la Monarquía, el Estado había construido 11.128 escuelas, a un ritmo de unas 500 anuales. En sus primeros 10 meses la República había edificado 7.000, afirmó.

A finales del año 1932 pudo anunciar la terminación de otras 9.600 escuelas primarias y la elaboración de un plan de cinco años para terminar las 27.000 que se habían estimado necesarias. El costo medio de un aula unitaria era de unas 25.000 ptas. Los municipios debían proporcionar los solares y ayudar a financiar la construcción de escuelas, el Gobierno Central contribuiría con el 50 o el 75 por ciento de los gastos de construcción y pagando el sueldo del maestro cuando la escuela comenzase a funcionar.

Así mismo De los Ríos, impulsa la renovación de la Ley de Bases sobre la Primera y Segunda Enseñanza, el Reglamento de Inspección de Primera Enseñanza y el Plan Nacional de Cultura. Las Universidades fueron reforzadas en su organización, sus estudios y financiación suficiente como en su excelencia científica de primer orden, caso de la Universidad Internacional de Verano con sede en el Palacio de la Magdalena de Santander.

Leer el artículo completo en El Independiente de Granada.

Familiares de Ángeles Arenas

La productora gaditana «Relatoras Producciones» estrenó este sábado, en abierto y a través de YouTube, el documental «La aguja de dos puntas«, con el que colabora la Diputación de Granada y que retrata junto a expertos la represión de la maestra republicana Ángeles Arenas Esturillo en Cuevas del Campo.

La docente, afiliada a la FETE-UGT y precursora del mitin del ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, en Cuevas del Campo en 1936, fue expulsada del magisterio simplemente por motivos morales.

Con testimonios de expertos, como el del profesor de la Universidad de Granada y presidente de la Asociación de Memoria Histórica de Granada, Rafael Gil, o el de Andrés Pietro, profesor e historiador local, y de vecinas que la trataron, «Relatoras Producciones» retrata la vida de Doña Ángeles, ya fallecida, antes y después de su expulsión del magisterio.

El documental se detiene en la figura de esta mujer que ejemplifica la represión concreta que sufrieron las maestras republicanas, que a pesar de tener informes favorables de todas las autoridades de la época -incluido el del cura párroco-, fue apartada de la docencia por el simple hecho de convivir con su pareja y padre de sus hijos, y no estar casada.

Fruto de esa depuración, Ángeles, cuyos expedientes académicos eran brillantes menos en costura, se convirtió en una excelente costurera pero siempre mantuvo su vocación de enseñante y, sobre todo, nunca dejó su afición por la lectura, un detalle que todo el pueblo recuerda, ha informado la Diputación de Granada.

Esta la última historia de «Relatoras Producciones», una productora gaditana especializada en documentales feministas, derechos humanos y memoria histórica, que pretende contribuir a hacer «menos pesado» el confinamiento por la crisis del coronavirus.

Leer la noticia completa en La Vanguardia.

María Domínguez RemónEn un artículo del periódico Ahora, encontré una entrevista que me cautivó. Una de aquellas historias inolvidables y que te llegan al alma. La historia de la primera alcaldesa de la República, María Domínguez Remón. Después, leyendo otras entrevistas de las alcaldesas republicanas, pude comparar mejor todos los casos con el de María, ya que es completamente diferente a las otras alcaldesas. En honor a la verdad, hay que decir que no fue en realidad la primera alcaldesa elegida en elecciones, sino propuesta por una Comisión Gestora, como tantas otras mujeres que se encontraron durante tres meses a ejercer un puesto de relativa importancia. Pero eso no le quita importancia a la persona que, originaria de un medio humilde, por no decir pobre, se hizo a sí misma, tanto intelectual como personalmente. Pero recordemos antes cómo llegaron estas mujeres a una alcaldía.

Con la República, se decidió suprimir el artículo 29 de la Ley Electoral de Maura de 1907, el cual prescindía de los comicios si solamente se contaba con un candidato. Huelga decir que el candidato debía ya tener experiencia como edil, aunque fuera en otro distrito, o aquellos propuestos por diputados, senadores y toda la camarilla política del momento. De este modo, este sistema antidemocrático facilitaba el puesto al político de turno, al cacique. Justo un mes después de las elecciones en las que se proclamó la Segunda República, estos gobiernos locales fueron anulados y se optó por una comisión que designara a una persona que iba a ejercer el cargo el tiempo de instaurar nuevas elecciones municipales.

De ese modo, muchas mujeres fueron propuestas por las comisiones gestoras, sobre todo maestras, ya que sólo podían acceder a estos puestos los funcionarios del estado. El periodista Eusterio B. Alario de Estampa, realizó un reportaje en el que presentaba a las nuevas alcaldesas de la zona de Palencia, que era la parte en la que quizás hubo más representación femenina: catorce alcaldesas y treinta y una vocales: Ascensión Aparicio (Hérmedes de Cerrato), Tomasa Canduela Calvo (Osorno), Juanita Rivera Mateos (Villodre), Fructuosa Tarrero Polo (Villalaco), María Sanz Soria (Espinosa de Villagonzalo), Pilar Pérez Leñero (Herrera de Pisuerga), Valentina García San Martín (Soto de Cerrato).

Manuel Casanova, de Crónica, realizó un escueto artículo en el que presentaba a las diecisiete alcaldesas de la provincia de Zaragoza, dando una lista de las mismas, que paso a reproducir: Emilia Rodríguez (Almochuel), Concepción Cortadé (Alpartir), Antonia Bosque (Ardisa), Jerónima Sebastián (Balonchán), Cecilia Latre (Bureta), Josefina Candé (Clarés de Ribota), Estrella de las Nieves García (El Frasno), Victoriana Cereza (Gelsa), Clementina Bilbao (Lituénigo), Adelina Muñoz (Lobera de Onsella), Isabel Pemán (Magallón), Felipa Elizondo (Novillas), María Gil (Tiermas), Manuela Blasco (Torrellas), Elvira Antorán (Villanueva de Huerva). Todas maestras, excepto María Gil.

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Imagen de una antigua representación teatral

Gran parte de la población en nuestro país era rural y los distintos gobiernos no estaban interesados en cambiar esta situación, lo que hacía que nuestro país presentara un atraso muy intenso con respecto a los principales países europeos.

El bajo nivel de la educación en España era una realidad al final del siglo XIX Intentó atajarse con la creación, el dieciocho de abril de 1900, del ministerio de Instrucción Pública y de Bellas Artes. La gran demanda social presentada hizo necesarios su reestructuración y replanteamiento.

Francisco Giner había propuesto ya una serie de reformas que incluían la idea de unas Misiones Ambulantes en el año 1881, cuyos servicios no se materializaron hasta la creación de las Misiones Pedagógicas: el servicio de biblioteca, el museo del pueblo, el cine, el coro y el teatro del pueblo.

Faustino Rodríguez San Pedro creó entonces la Junta Central de Primera Enseñanza, por Real Decreto del dieciocho de noviembre del año 1907, para que asumiese las funciones del anterior organismo, además de dirigir y organizar instituciones complementarias de la escuela, clases de adultos, conferencias y “misiones pedagógicas”.

Dicha Junta estaba formada por renombrados personajes de la política española, como José Canalejas, Eduardo Dato, María Cortezo, Melquiades Álvarez, entre otros, y respaldada por la Institución Libre de Enseñanza y el Museo Pedagógico Nacional.

Un nuevo Real Decreto, del veinte de diciembre del año 1907, incluyó en el programa a las Juntas Provinciales de Instrucción Pública, para que apoyasen los siguientes objetivos: atender a las misiones pedagógicas, fomentar la creación y desarrollo de museos escolares y bibliotecas públicas, organizar conferencias para adultos con la intervención de personas competentes, fomentar cajas escolares, asociaciones protectoras de la infancia, colonias de vacaciones y todas aquellas instituciones que pudieran competer con la difusión de la enseñanza primaria y darle un carácter de solemnidad a la fiesta escolar. Así quedó recogido en el Real Decreto del siete de febrero de 1908.

Los continuos cambios políticos y sociales que se dan en esta época y la precaria situación presupuestaria del Estado arrojan resultados lamentables, debido a los bajos sueldos de los maestros, edificios en estado ruinosos por falta de mantenimiento ante la carencia de inversión en la educación, mobiliario anticuado e insuficiente y escaso material escolar.

Debido al retraso de la reforma educativa de España en comparación con algunos países europeos, significa una tasa de analfabetismo en torno al 44% y mucho más agudizada en el ámbito rural. Ello da origen a que el Gobierno de la II República desarrolle las llamadas “Misiones pedagógicas”, para intentar paliar las graves carencias educativas del mundo rural en nuestro país.

Apostó por el regeneracionismo educativo, que se había desarrollado en España desde finales del siglo XIX con la aparición del movimiento krausista y la Institución Libre de Enseñanza.

Siguiendo a ese movimiento intelectual, mantuvo las propuestas de transformación socio-política, que permitía estructurar un nuevo modelo educativo con la intención de lograr una nueva concepción de ciudadano republicano.

Las propuestas educativas progresistas, que se estaban llevando a cabo desde determinados sectores privados de la enseñanza, mientras que la educación pública permanecían olvidadas y carentes de todo tipo de recursos económicos, materiales y de instalaciones.

Las innovaciones educativas, que tenían éxito en nuestro país, eran fruto de la corriente educativa de la Escuela Nueva y contaban con instituciones como la Junta para la Ampliación de Estudios, que fomentaron la introducción de nuevas tendencias educativas europeas y el compromiso político al proponer un profundo cambio pedagógico en la política educativa de España.

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Matilde Ledesma

Matilde Ledesma Martín (13 de Marzo de 1895 -10 de noviembre de 1975) nació en Almeida (Zamora). Era la hija mayor del matrimonio formado por José y Felisa que, siguiendo ideas republicanas, ofreció a sus dos hijas, Matilde y Brígida, las mismas oportunidades que a Genaro, el hijo menor. Con estos estímulos y los recursos de una familia de clase media, Matilde y Brígida estudiarían Magisterio y el chico, por su parte, se dedicaría a la empresa familiar de construcción de carros.

En la Escuela de Magisterio se vio Matilde entre la minoría de mujeres de alto origen que entonces podía acceder a estudios superiores, lo que agudizó su conciencia social y un buen aprovechamiento que le permitió obtener el Título de maestra de Primera Enseñanza superior el 6 de Septiembre de 1918 con un Sobresaliente. Esta abnegación y brillantez no pasaron desapercibidos para la Directora de esta Escuela, que contrató a Matilde como institutriz de sus sobrinas. Este empleo, sin embargo, no hizo olvidar a Matilde su vocación de maestra del pueblo y su solicitud de un destino, que la condujo a la Escuela de niñas de Robliza de Cojos (Salamanca).

En esta escuela pasaría Matilde únicamente un curso, pues una permuta de puesto con una maestra destinada en Almeida le permitió ocupar una plaza en la escuela de niñas de su añorado pueblo. Había que tener mucho arte, entrega y paciencia para animar al aprendizaje a cincuenta niñas de entre seis y catorce años, en su mayoría pertenecientes a familias humildes y ajenas a toda cultura, y Matilde los tuvo. En pocos años hizo crecer el interés cultural, los resultados académicos de sus alumnas y el aprecio de los padres, lo que el 1 de octubre de 1927 se tradujo en su nombramiento como directora de su Escuela.

Al instaurarse, la II República encontró una España con un 45% de analfabetismo, que alcanzaba más del 60% entre la clase humilde, particularmente las mujeres. Para hacer frente a esa lacra, el Gobierno republicano emprendió, entre abril de 1931 y diciembre de 1932, la construcción de 9600 escuelas, la formación y el reconocimiento de 7000 maestros/as con una ambiciosa renovación pedagógica. Entre los primeros objetivos de esta reforma educativa estaba la alfabetización de la población agrícola y femenina y la co-educación laica y no sexista.

Esta aspiración de la II República llevó a muchos maestros y maestras de cultura republicana a entregarse con pasión a su misión educadora. Matilde y su hermana Brígida estaban entre ellos.

Para estimular la autoestima y el espíritu crítico y de superación en sus alumnas, hubo de cuestionar Matilde algunas costumbres discriminatorias y sexistas al uso y ser autodidacta. También las mujeres de humilde origen tenían derecho a ser felices y es por eso que la maestra las animaba a tener aspiraciones y a mostrarse en público, erguidas y naturales. Las llevaba a Zamora, a ver como se hacía el periódico, las interesaba en leerlo y discutir sus noticias; escenificó en clase los debates políticos sobre los derechos de la mujer, tanto como les mostraba el origen de la electricidad visitando los saltos del Duero.

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